Experiencias

Un campamento sin toboganes y rampas



Este verano 2010, estuve trabajando en un campamento de niños en un pueblo de la Sierra. Me cogieron porque necesitaban ayuda con uno de los niños, que era discapacitado. El colegio donde estaba el campamento no tenía prácticamente ninguna instalación prevista para casos como los de este chico. Y ya no hablamos de instalaciones como ascensores, o que los cuartos de baño estuvieran acogidos para estas situaciones, sino hablamos de instalaciones como los de una rampa. En el colegio no constaba de ninguna rampa, aunque sí de muchos pasadizos con escaleras. Teníamos que levantar la silla del chico, que ya tenía 9 años y por lo tanto no era un trabajo fácil. Además que el chico ponía todo su empeño en pasárselo bien, y las instalaciones, que como ya he dicho, al ser insuficientes, se  los hacía más difícil a él, haciéndolo difícil para todos. Todos los días nos bañamos en una piscina que tampoco constaba de un pequeño tobogán, sino de escaleras, y era bastante trabajoso para todos el poder bañarle, teniendo que pedir ayudar a demás monitores, dejando más desatendidos los demás niños.
Con todo esto, quiero dejar claro que la experiencia fue muy satisfactoria, ya que tuve el honor de conocer a un chico de nueve años increíble, que le pediré para más tarde que nos cuente su versión de la historia en este foro. 

Experiencia contada por Donna Ratier Kimberley





Lo básico y fácil no existe

Héctor Cuervo es estudiante de ingeniería informática en la escuela politécnica de la Universidad Autónoma de Madrid. Es de un pueblo de León y sufre discapacidad. Le gusta o, mejor dicho, le encanta el rock y también salir de compras (ja,ja,ja).

Nos cuenta Héctor que se pasa la vida en el campus porque llega a las 9 de la mañana y vuelve al Colegio Mayor, que es donde reside durante el curso, a las 8 de la tarde-noche. Es cierto que tiene muchas horas libres pero, en su caso, a veces supone un problema porque necesita ayuda para cosas tan básicas como comer o ir al baño. Para ello, cuenta con la ayuda de una asistenta social de la Comunidad de Madrid. Él preferiría tener todas las clases seguidas para poder volver temprano al Colegio. Dice que como las aulas son escalonadas, siempre está alejado de sus compañeros porque no puede subir las escaleras.

Lo más importante para Héctor es mantener una muy buena relación con la gente y, sobre todo, mantener el sentido del humor. Si te desanimas, todo lo que has conseguido ese día o, esa semana, no vale para nada.
Es importante hacer referencia a los medios de transporte. Me contaba Héctor que, para llegar al campus, ha optado por viajar en tren porque éstos se han adaptado a la normativa de discapacidad. Todo lo contrario al servicio de autobuses que, los considera nefastos y, también, al servicio de taxis que no son todo lo ideales que tendrían que ser. No obstante, dispone de un taxi que le trae al campus y lo lleva al Colegio Mayor pero, dice que, no tienen completa disponibilidad ya que los servicios de taxi tiene fijadas unas horas determinadas para trasladarlo de un sitio a otro. Es decir, que no se adapta a sus horarios de la universidad. Además, se queja de que metro no tiene información actualizada sobre los ascensores, siempre tiene que llamar y hay veces que ni los mismos trabajadores lo saben. Esto hace que, en ciertas ocasiones, no salga por ahí a divertirse. Lo mismo pasa si quiere ir a comer fuera o, simplemente, a tomar un refresco. Muchos o, la mayoría de los bares y restaurantes, prescinden de rampas móviles que les facilita el acceso. Como esta situación se repite una y otra vez, al final opta por ir a los centros comerciales. Dice que éstos están muy bien adaptados y se convierten así, en un lugar de encuentro, un sitio de reuniones. En resumidas cuentas, que lo básico y fácil no existe, hay que adaptarse a ello.

Por eso, pongámonos por un momento en la situación de Héctor y de tantas otras muchas personas que sufren discapacidad. Imaginémonos que un domingo cualquiera, a media tarde, nos apetece ir a una tetería pero, resulta que, por no contar con los accesos necesarios, nos tenemos que quedar con las ganas de pasar una tarde magnífica en la tetería. ¿Cómo nos sentiríamos? Esto es lo que viven ellos cada día.

A veces no nos damos cuenta de que lo que para nosotros está bien, para ellos puede que no esté tan bien. Fijémonos, sin ir más lejos, en los accesos al campus: cuando vamos caminando no nos damos cuenta de los baches que hay en los paseos, no del mal estado de las aceras, y de un largo etcétera. Además, ¿se respetan los aparcamientos reservados para minusválidos? Seamos sinceros; si tenemos prisa o llegamos tarde a un examen, acabamos ocupando esos lugares habilitados para ellos. Por favor, un poco más de respeto y seriedad.

Por último, quería señalar personalmente que, todos deberíamos concienciarnos para estar un poco más a la altura de las circunstancias y, así, no marginar o dejar a un lado a nadie porque, en el fondo, es lo que ocurres.

También, quería dar las gracias a Héctor por su sinceridad y, por concederme este espacio que tod@s podréis compartir.

Aránzazu Gálvez
(Voluntariado de Sensibilización y ayuda a la Discapacidad)